miércoles, 6 de julio de 2011

Breve apólogo de san Juan I/II

Dijo María al ángel: “¿Cómo podrá
ser esto, pues yo no conozco varón?”
Lucas

Juan fue hijo de Zebedeo y de Salomé, natural de Galilea y vivía en las cercanías del lago. El padre era pescador y, como él, sus hijos. El padre de Juan era patrón de una barca y dueño de las artes de pesca. Juan debe ser contado, junto con Andrés, hermano de Pedro, entre los discípulos del bautista y los primeros que se unieron a Jesús.
Juan, apóstol y evangelista, era el menor de los doce apóstoles de Cristo y el hermano de Santiago el Grande. Se le llama “el discípulo a quien Jesús amaba”, y el Evangelio que lleva su nombre y que de acuerdo a los eruditos católicos él mismo escribió se nos presenta a sí mismo como “apoyado contra el pecho de Jesús” en la Última Cena.
Algunos apólogos han querido ver en el gesto de Jesús al acercarse al oído de Juan confesar el nombre de quien lo traicionaría, pero tal hipótesis queda descartada en el resto del cuerpo del Evangelio. El suicidio de Judas, revelaría la traición, que además ya había anunciada por Jesucristo.
Sin embargo, en El Evangelio cátaro del pseudo Juan, el autor afirma que estando en el Última Cena, “cuando tenía reclinada la cabeza sobre el pecho de Nuestro Señor Jesucristo, le pregunté: ‘Señor, ¿quién es el que te traicionará? Y él me respondió: El que mete conmigo la mano en el plato’. Entonces Satanás entró en él, y buscaba ocasión de entregarlo”. Las interpretaciones son variadas y diversas pero el tema desbordaría el presente texto.
De acuerdo a diversos testimonios, incluido el de él mismo –que escribió en tercera persona pretendidamente para pasar inadvertido y con ello, por omisión, resaltarse a sí mismo– Juan estuvo con las tres Marías en el decurso de la crucifixión. (Juan 19, 26-27) Jesús dijo a su madre: “Mujer, he aquí a tu hijo”; y al discípulo: “He aquí tu madre”. El versículo remata textualmente: “Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”.
Sobre todo en el Medievo y aún antes, diversas sectas quisieron encontrar diversos sentidos a este fragmento. Así, por ejemplo, por el misterio de la encarnación somos todos elevados en Cristo a la dignidad de hijos de Dios siendo Jesús el primogénito entre muchos hermanos. La madre de Jesús ve por aquí extendidos sus derechos maternales a todos estos hermanos de su primogénito, hijos también del Padre celestial por adopción de Jesús.
Se considera por esto, que Juan fue el discípulo más íntimo de Jesús.
No obstante, hubo quienes interpretaron el mencionado pasaje más allá de la piedad cristiana y de preceptos puramente castos, al menos desde la perspectiva de la moral cristiana en boga.
De esta manera algunos ilustres comentadores bíblicos sugirieron la posibilidad de que Juan conviviera con María, madre de Jesús después de su crucifixión y de su retorno de entre los muertos para después instalarse a la diestra de celestial Padre. Bastó deslizar un comentario, si bien de buena fe, para que otros lo alteraran y lo magnificaran. De esta manera surgió una nueva discusión en torno a este tema.
Como es de conocimiento general, Jesús murió a los 33 años. Su madre, la Virgen María, por aquella época tendría, a lo sumo, 45 años. De María sólo se conserva una exégesis El Evangelio de la Natividad de María, que en realidad es una revisión latina del llamado Protoevangelio de Santiago y de El Evangelio del pseudo Mateo. Es a partir del siglo XIII, en la inclusión del texto apócrifo en El espejo histórico de V. de Beauvais y en la Leyenda dorada de J. de Voragine cuando la presencia de María en el rito y el templo se extiende. Fuera de ese texto poco o nada se sabe sobre el destino de María a la muerte de su hijo.
El hecho de que Juan viviera bajo el mismo techo con la Virgen María, desde luego, no prueba nada. Es decir no prueba que el santo la conociera y, por tanto tuvieran relación carnal. Herodoto en sus Nueve libros de la historia, describe con profusión las diversas tradiciones de los pueblos de Medio Oriente y asiáticos con relación a los casamientos. La misma Biblia cuenta cuestiones interesantes, al respecto, sobre todo en el Antiguo Testamento. Por ello no extrañaría una unión como la que se sugiere.
No es, desde luego, la primera ocasión que se duda de la virtud de la virgen María. En uno de los grandes concilios, celebrado en Efeso en 431, el obispo de Constantinopla Nestorio –gran perseguidor de herejes– fue a su vez condenado como hereje por haber sostenido que, en verdad, Jesús era Dios pero que su madre no era, en absoluto, madre de Dios, sino madre de Jesús. Fue San Cirilo quien condenó a Nestorio y fueron los nestorianos quienes hicieron destituir a San Cirilo en el mismo concilio.
A propósito y en referencia a lo anterior, el pensador Voltaire comenta, no sin sorna: “Se puso en un compromiso al Espíritu Santo”.
Independientemente de la digresión anterior, dice la tradición que desde ese momento la Virgen María convivió con Juan para cumplir las palabras de Cristo.
Mateo, Marcos y Lucas comentan en sus respectivos Evangelios que estando Jesús predicando, “vino su madre con sus hermanos y no lograron acercarse a Él a causa de la muchedumbre, y le comunicaron: Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y desean verte. Él contestó diciéndoles: Mi madre y mis hermanos son éstos, los que oyen la palabra de Dios y la ponen en obra (Mateo, 12, 46-50; Marcos, 3, 31-35; Lucas, 8, 19-21).
En principio, se advierte que María tuvo otros hijos, mas no sabemos sus nombres ni su destino. Por otra parte, si bien no la repudia ni la menosprecia, guarda siempre distancias. Un ejemplo más nos lo cuenta Lucas (2, 48-50) cuando Jesús, a la edad de doce años, es encontrado por sus padres en el atrio del templo de Jerusalem, oyendo y preguntando a los doctores sobre las Divinas escrituras. Cuando finalmente sus padres lo hallaron, después de tres días perdido, María le reprocha: “Hijo, ¿Porqué nos has hecho así? Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote”. Y él les dijo: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es preciso que me ocupe de cosas de mi Padre?”

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